Segunda luna de Cosquín: canto de nostalgia y tradición

Los Manseros Santiagueños fueron el gran imán del fervor de la madrugada. Antes, la evocación de viejas canciones encontró varios intérpretes.

En una noche que pareció rescatada del arcano del tiempo, por lo permanente de algunas escenas, Los Manseros Santiagueños comandaron el gran entusiasmo final en lo profundo de la madrugada de Cosquín. El inmenso gentío los ovacionó largamente y agregó un nuevo capítulo a la leyenda nueva del conjunto, la de la masividad al cabo de más de medio siglo de escenarios

Fue la llamada “Noche de los clásicos”, una reunión con mucho de nostalgia y cantidad de canciones siempre despiertas en los labios de la gente. La multitud se había reunido, otra vez, y hacia la medianoche terminó casi de colmar la Plaza.

Aunque tuvo un comienzo distinto.

Como para reavivar los fuegos que encendieron la segunda luna, Néstor Garnica trajo su violín en llamas dispuesto a arder con un puñado de chacareras que se arrojaron como brasas sobre el ánimo de la Plaza. El violinero santiagueño se tomó un respiro para encarar un final en lo alto con su tema La niña de los ojos claros. Y hubo un bis, por supuesto, con la plaza de pie clamando otra chacarera.

Evocación al galope

Pero la evocación venía al galope. Los Cuatro de Córdoba, de inmediato, marcaron su pertenencia con Soy cordobés, un repaso sentimental de nombres y lugares docteños. Víctor Hugo Godoy, al paso, subrayaría la figura de Agustín Tosco. “Ese era un sindicalista de verdad”, dijo. Y a continuación llegó un homenaje a Horacio Guarany con El gran bailarín, que renovó en escena ese viejo sabor festivalero que el conjunto ha logrado detener en una de las maneras de vivir el folklore de los años ‘60/’70.

Opus cuatro, después, con timbres renovados acercó otra parte del ayer, la de los grupos vocales y sus arreglos con pulos y onomatopeyas en la boca. Después de salir, se quejarían por entender que habían sido arrancados del escenario.

Luego, El homenaje a Alfredo Zitarrosa propuso cerrar los ojos y sentirlo al gran cantor uruguayo en la voz de y con cuatro guitarras refrescando aquella manera. El ansia de reproducción fiel más fuerte que el de recreación se hizo posible por el modo y el timbre de la voz del protagonista, Carlos Méndez, y cuatro guitarras elegidas para apuntar el mìtico clima.

Canción con todos

César Isella, uno de los creadores que ha jalonado el cancionero argentino, regresó con 60 años contados en el camino de la música, dispuesto a servir alguna de sus canciones (Fuego en Animaná, Padre del carnaval que compuso con Horacio Guarany). Para lograrlo, contó con el respaldo también solista de David Miranda (Daniel Homer, guitarra, y Lucas Homer, bajo, estaban en la banda). Hizo una rara versión agitada de Canción de las simples cosas, y a la hora del final de Canción con todos, puso a toda la plaza a cantar.

La América morena original también salió a escena con el encuentro de Tomás Lipán y Rubén Patagonia, de norte a sur. Patagonia dio testimonio de la tragedia tehuelche y convocò a la mapuche Soraya, que habló de los momentos dìficles de la comunidad en estos días y apuntò a Beneton y a los agrotóxicos.

Los pasos volvieron al sendero de la nostalgia con Los Siempre Tucu, la formación que contiene el espíritu de Los Tucu Tucu (Con Roberto Pérez y Coco Martos en el conjunto) y abrieron un racimo grande de zambas tan reconocidas por la multitud, que los quiso retener.

Entonces llegó el mendocino Marcelino Azaguate, cambio la brújula y la orientó hacia canciones frescas, con una invitación especial al Negro Valdivia para poner los pies en la danza junto a otros como Laura Giastiagini y Ariana Andreoli.

Polo Román trajo el eco de los legendarios Chalchaleros, con su bombo y, lo que resultó decisivo para la ilusión de un viaje en el tiempo, el color y los modos de la voz de Félix Saravia, sobrino de Juan Carlos.Sonaban muy cercanos a los originales, y el público, dispuesto a celebrar viejas zambas, se dejó llevar.

La hora mansera

Luego, la joven Florencia Paz, de estirpe mansera, se mostró con una intensidad más lograda en su propuesta de chacareras.

Antes del gran corolario, los que trajeron toda la energía viva como manera de desmentir que cantar lo de ayer no es asunto sólo de nostalgia sino de actitud. El público vibró con ellos.

Por fin, la multitud quedó en el puño de Los Manseros santiagueños y la simpleza original que despierta tempestades. Repasaron el repertorio que conmueve a su gente y algo del nuevo disco Corazón de Mansero. Pero no hubo emociòn mayor que cuando apareció en la pantalla la figura de Guillermo “Fatiga” Reynoso, el compañero que falta desde hace unos meses. Pero el entusiasmo pudo más y el baile floreciò en todos los sitios de la plaza donde se pudieran dar un par de pasos sin tropezar.