Cosquín 2018: Emiliano Zerbini, el ganador del Premio Consagración

El cantautor cordobés que difunde danzas folclóricas tradicionales se llevó el gran galardón del Festival. Y a los 77 años, Daniel Toro recibió el Premio Camin a la trayectoria.

Lunes 29 de enero a la mañana en Villa Allende, Córdoba. Emiliano Zerbini recobra su voz con dos horas de sueño, en un frenesí para su vida de moderno cantautor de las raíces y a la vez defensor de las danzas folclóricas menos difundidas. El domingo 29 de enero fue elegido Premio Consagración de la 58ª Edición de Cosquín. “Lo soñé muchas veces y no ocurrió. Por eso no imaginé que en 2018 me lo iba a ganar”, le confiesa Zerbini a Clarín.

Alineado a la nueva generación de la música popular, el cordobés criado en Chilecito, La Rioja, abrazó aires renovadores en su disco Luz de andar (2010) y rescató danzas tradicionales en Danzas folclóricas argentinas Vol. 1 (2013) y Vol. 2 (2016). Una convicción desde su linaje: tiene 40 años y es hijo de Silvia Zerbini, quien desde fines de 2017 dirige el Ballet Folklórico Nacional y este año tuvo una presencia indudable en Cosquín. Y su hermana bailarina se llama Isadora Zerbini (como la legendaria coreógrafa Isadora Duncan).

“Quiero agradecer a mi madre, a mis hermanos, a mi mujer y mis dos niños”, dijo Zerbini el domingo a la 1, cuando le preguntaron por la Consagración. Este lunes por la mañana analizaba junto a Clarín: “Me siento muy completo. Siempre elegí guiarme por mis corazonadas. Este reconocimiento es un nuevo punto de partida”.

Zerbini no ignora que en Cosquín 2018 hubo pronósticos múltiples alrededor de los artistas que cautivaron a la Plaza Próspero Molina y se volvieron candidatos a la Consagración: la vibración profunda de José Luis Aguirre, el talento sin techo de Nahuel Pennisi, la euforia salteña del Indio Lucio Rojas, la sutileza de Milena Salamanca y la originalidad vocal de Luciana Jury, entre varios. ¿Qué criterio prevalecería?

El cordobés fue una sorpresa, aunque varios indicadores subyacen a la Consagración. El 25 de enero cantó -a la 1.34-, con parejas de danzas en el Escenario, La jota cordobesaLa firmezaLos amoresEscondidoEl pamperitoLa andariegaLa chacarera doblePuerto Tirol, y se despidió con la poderosa Chaya riojana. Aplausos sinceros. “Era un horario un poco incómodo y decidimos escuchar a la gente. Fuimos honestos con lo mismo que hacemos en las peñas. No especulamos con yeites del éxito para levantar a la Plaza”.

Otro dato se inscribió la tarde del día previo, cuando hubo pañuelos en alto y amor danzante en las calles de Cosquín. En la Plaza San Martín, Emiliano Zerbini cantó con el Ballet Folklórico Nacional, que desplegó varios ritmos entre 500 personas: chacarera, escondido, gato riojano y santiagueño, firmeza, jota cordobesa, amores, cielo, triunfo, chamamé y chaya. “Encontramos una conexión con la gente. Yo nunca fui parte de la industria, y no creo que lo sea a los 40 años”, sonríe. “Pero hay que sacarle el jugo al triunfo y ponerse al hombro la responsabilidad”.

Los demás premios de Cosquín 2018 abarcaron plena emoción. A los 77 años, el profuso creador Daniel Toro recibió el Premio Camin a la trayectoria. El Premio Revelación (para los emergidos del Pre Cosquín) fue para la Pareja de baile tradicional Ramos-Echenique (de la sede Campo Quijano). El grupo Los Gringos, de Junín, fue el Destacado de los Espectáculos Callejeros y Román Ramonda el Destacado de la Peña Oficial.

En tanto, el destacado por la Sociedad Argentina de Autores y Compositores (SADAIC) y la Asociación Nacional de Cronistas del Folklore fue el cantor surero Adrián Maggi, que logró impacto el 22 de enero, con su guitarra y su ideología gauchesca, invitando al escenario a siete ex combatientes de Malvinas. A su vez, el vanguardista Cuarteto Karê, de Rosario, logró una Mención Especial. Distintas visiones y estéticas que expresan, hoy, las transformaciones de Cosquín.

Es insoslayable que Daniel Toro haya recibido el Camin a la trayectoria. El compositor y cantor original de Zamba para olvidar-con Julio Fontana-, Cuando tenga la tierra Para ir a buscarte -ambas con Ariel Petrocelli-, El antigal -con Lito Nieva y Petrocelli- y Ese Cristo americano, entre más de mil canciones. Una trayectoria que asentó en los años ’60 con Los Nombradores y expandió como solista fervoroso, con temáticas sociales y baladas. Y no se quebró en 1976 cuando la dictadura militar lo prohibió. Afrontó en 1979 un cáncer de garganta que le hizo perder la voz, y en 1985 regresó, con otro ritmo interior, a los escenarios.

Este domingo a la medianoche, el padre de Facundo Toro (éste más afín el folclore joven de los años ’90, plena era menemista) subió de traje negro al Escenario Atahualpa Yupanqui con sus hijos y su nieta. Sostuvo el Camin a la trayectoria, alzó la otra mano y oyó el abrazo popular: la ovación en la Luna final de Cosquín. 51 años después de que él mismo ganara el Premio Consagración. Toro susurró: “Que este premio sirva, también, a todas las generaciones nuevas que pasaron por el escenario este año”.

Por su parte, Zerbini ya había obtenido el premio Revelación en el Festival de Doma y Folklore de Jesús María 2016 y es consciente de la misión de los nuevos exponentes de la música popular argentina. “Yo vengo esforzándome hace mucho, trasnochado y sin garganta. Invirtiendo más de lo que gano. La Consagración es un aire fresco pero no va a haber un hada madrina, y menos desde la televisación o de un productor. Hoy más que nunca seguiré caminando”.

¿Qué cree Zerbini que evaluó la Comisión del Festival de Cosquín? “Creo que están buscando una renovación desde lo compositivo y las nuevas estéticas. Pero con mi Consagración y la Mención a Adrián Maggi también dan otro mensaje muy claro: la renovación también puede ser desde la conservación de la memoria de las cosas folclóricas tradicionales. Hoy lo mío es novedoso desde ese lugar. Cantar una jota sorprende -por más que sea un tema antiguo- porque no se escucha en muchos lados”.

Avanza la tarde del lunes en Villa Allende, Córdoba, y Zerbini sigue recibiendo llamados de felicitación por la Consagración. “Yo siempre creí que había que escuchar a la gente que no tenía voz. Y al volver a cantar las danzas tradicionales, encontré que se necesitaba dejar de usar las grabaciones de los Hermanos Abrodos y tener otros ejemplos para enseñarles a los niños. Hago visible el trabajo de la gente de las academias y de los profesores de danza marginados”.

Pero ese mensaje no es sólo “el de hacer bailar”, desmarca Zerbini. “Trato de ser un artista popular sin ser un artista populacho. Sin apelar a lo fácil. Hoy en que el folclore masivo está tan emparentado con lo pop, con la cumbia, con la espuma y con tirar fuego, seguimos subiéndonos con cuatro músicos para ponerles el corazón a la música y a las danzas”.